La bruja de la dopamina

Es de madrugada y Paquito duerme plácido en su cama cubierto por una maravillosa manta de lana…

Se remueve en sueños. Despierta entre dormido y ahora sus pies están destapados y fríos. Detrás de la punta de sus dedos ve asomarse un rostro senil de arrugas profusas, cubierto por una caperuza negra. Un rostro con una nariz aguileña naciente de una gran verruga negra. Un rostro con dos enormes ojos verdes con escleróticas rojas como la sangre. Un rostro que lo acecha.

Una risa sarcástica, envolvente en ecos, se multiplica por toda la habitación. Le acelera el pulso y la respiración.

A los lados de sus pequeños e inmóviles pies afloran dos uñas filosas como cuchillos. Esos filos comienzan a rozarle, con suavidad, desde los talones hasta la punta de los dedos haciéndole sentir un incontrolable hormigueo que lo hace expulsar explosivas carcajadas, que se funden con otras aterradoras. El dormitorio se transforma en una orgía frenética y escandalosa de risotadas.

La puerta se abre. La luz se enciende. Su madre aparece allí iluminada como una virgen salvadora. Lleva la cara desconcertada por tanto bullicio en la madrugada. Algún que otro hipnótico con alcohol, la hacen modular pocas palabras.

¿Qué ocurre?, pregunta con letargo.

Paquito, avergonzado, no sabe qué responder.

Ella, entonces, apaga la luz y desaparece por completo al cerrarse la puerta.

Solo otra vez en un silencio sepulcral con tintes de negro, fuerza sus ojos en aquella oscuridad para lograr que las sombras comiencen a tomar forma.

Se sienta rápido en la cama y tapa sus pies mirando de soslayo por detrás, vigilante de aquel siniestro personaje, pero nada hay allí.

Se recuesta lento controlando el más mínimo sonido. Reposa su cabeza en la almohada. Con la manta de lana cubre hasta sus ojos. Observa el tibio vaho de su exhalación entrecortada que ilumina, por pequeños segundos, el dormitorio en azules inquietantes.

Desde sus pies resurge aquel rostro envuelto en sombras. Esta vez se eleva imparable hasta el techo y se abalanza sobre Paquito abriendo una gran boca de mil dientes aguzados develando sus amenazantes fauces de rojo espiral sin fin. Está listo para devorarlo.

Paquito, desesperado, lucha con todas sus fuerzas hasta quedar agotado. Vencido por el terror y el desasosiego se orina por completo.

La puerta se abre. La luz se enciende. Su madre aparece allí iluminada como una virgen salvadora. Lleva la cara desconcertada por tanto bullicio en la madrugada. Algún que otro hipnótico con alcohol, la hacen modular pocas palabras.

¿Qué ocurre?, pregunta con enojo mientras se acerca de forma brusca. Lo destapa por completo y deja al descubierto la cama entera y mojada.

Paquito avergonzado no sabe qué responder.